Eduardo J. Correa
Eduardo José Correa Olavarrieta
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Eduardo José Correa Olavarrieta nació el 19 de noviembre de 1874 en Aguascalientes, en el seno de una familia profundamente vinculada con el mundo de las letras, la imprenta y el activismo católico. Su padre, Salvador E. Correa, notario y dueño de una imprenta, impulsaba periódicos como El Soldado de la Fe y La Voz de la Justicia, destinados a defender causas religiosas en un periodo histórico marcado por tensiones entre el Estado y la Iglesia. Esta atmósfera intelectual y militante moldeó desde temprano la sensibilidad del joven Eduardo, quien creció escuchando discusiones sobre política, moral y literatura, mientras el olor a tinta fresca era parte natural de su hogar.
Su educación formal comenzó en el Seminario Conciliar de Santa María de Guadalupe en Aguascalientes, institución fundada bajo el influjo del mismo movimiento católico al que pertenecía su padre. Años después se trasladó a Guadalajara para estudiar Derecho, carrera que completó con resultados tan sobresalientes que obtuvo su título en 1894 sin necesidad de presentar examen profesional. De regreso en Aguascalientes, ocupó rápidamente puestos importantes: primero secretario del Tribunal y, más tarde, agente del Ministerio Público Federal, cargo que sería el último que aceptaría en la función pública antes de dedicarse por completo a su verdadera vocación: las letras, el periodismo y la lucha cultural.
Los inicios del periodista y el fundador incansable
Desde los dieciséis años comenzó a dirigir publicaciones; ese ímpetu juvenil lo marcaría para siempre. Con el tiempo, Correa se convertiría en uno de los fundadores de periódicos y revistas más prolíficos de Aguascalientes y de la primera mitad del siglo XX en México. Entre sus primeras iniciativas destacaron El Iris y La Juventud, seguidas del histórico periódico El Horizonte, creado junto a José G. Villegas y el entonces joven Gerardo Murillo —quien más tarde sería conocido como “Dr. Atl”—. No tardó en sumar otra publicación emblemática: el semanario La Antorcha.
El papel que Eduardo J. Correa desempeñó como mecenas y mentor literario es fundamental para entender su legado. En un país donde la centralización cultural dificultaba la proyección de las voces provincianas, Correa abrió las puertas de sus medios a escritores jóvenes que con el tiempo serían figuras clave de la literatura mexicana. Entre ellos se encontraban José F. Elizondo, Enrique Fernández Ledesma y, muy especialmente, Ramón López Velarde. De hecho, fue en El Observador, otro de los medios fundados por Correa, donde aparecieron las primeras poesías firmadas del poeta zacatecano bajo el seudónimo de “Aquiles”, marcando el inicio de una amistad literaria que perduraría por décadas.
La pasión de Correa por la difusión cultural no se detuvo allí. Fundó El Heraldo, El Observador (en una segunda etapa), El Correo del Centro, El Católico, La Civilización, La Voz de Aguascalientes y El Debate. Algunos de estos periódicos fueron clausurados por gobiernos que veían en sus líneas editoriales una amenaza; otros incluso fueron quemados. Pero Correa —hombre de convicciones firmes, católico militante y crítico constante de los excesos gubernamentales— nunca abandonó su empeño.
Aguascalientes, Guadalajara y Ciudad de México: tres ciudades, una misma misión:
En 1909 se trasladó a Guadalajara, donde puso en marcha uno de sus proyectos más influyentes: el periódico El Regional, dirigido a fortalecer la presencia cultural y moral de la Iglesia en un entorno político cada vez más anticlerical. También fundó la revista Pluma y Lápiz, dedicada a “la buena lectura”, con la que buscó contrarrestar lo que consideraba una decadencia moral derivada de las nuevas corrientes ideológicas del país.
El reconocimiento que obtuvo en Guadalajara llamó la atención del arzobispo José Mora y del Río, quien en 1912 lo invitó a dirigir La Nación, el periódico del Partido Católico Nacional. Correa aceptó y se trasladó a la Ciudad de México, donde se convirtió en una figura central del pensamiento conservador, especialmente en la defensa de la religión católica durante el periodo turbulento de la Revolución Mexicana.
Su actividad periodística se complementó con colaboraciones en diarios de amplia circulación, como Excélsior, El Diario de Yucatán y El Porvenir, consolidándose como una de las voces más influyentes del catolicismo intelectual mexicano.
Escritor, poeta y cronista de su tiempo
Aunque su labor periodística fue monumental, Eduardo J. Correa también dejó una obra literaria considerable. Su libro En la paz del otoño (1909), prologado por López Velarde, contiene poemas escritos por el poeta zacatecano como “octosílabos de cristal”, diáfanos y melancólicos. Correa publicó además novelas, ensayos y textos costumbristas que retratan la vida provincial, la tensión entre tradición y modernidad y su profunda fe religiosa.
Entre sus obras más representativas destacan:
•Las almas solas (1930)
•El dolor de ser máquina (1932)
•Un viaje a Termápolis (1937), seguramente su novela más conocida
•Lo que todos hacemos (1941)
•Viñetas de Termápolis (1945)
•Dolor, sabio maestro (1948)
Particularmente, Un viaje a Termápolis constituye una sátira lúcida de Aguascalientes, rebautizada como “Termápolis”. El libro expone los conflictos sociales y espirituales de una ciudad atrapada entre la tradición y el avance moderno, un tema recurrente en su obra y en su visión del México convulso de principios del siglo XX.
Además, dejó dos documentos personales de enorme valor histórico y literario: su Diario de 1917-1918, escrito durante la promulgación de la Constitución de 1917, y su Autobiografía íntima, redactada a los noventa años y publicada más tarde por la Universidad Autónoma de Aguascalientes.
Actividad política y defensa cultural
Correa fue miembro activo del Partido Católico Nacional, convencido de que la política debía estar al servicio de la moral y la fe cristiana. El colapso del partido tras el golpe de Estado de Victoriano Huerta lo llevó a retirarse parcialmente de la vida pública, aunque continuó escribiendo, recopilando documentos y defendiendo la visión de una “verdadera historia de México” que —según él— debía redactarse algún día.
También promovió la creación de una Escuela Libre de Derecho para contrarrestar la influencia del positivismo darwiniano en la educación estatal. Aunque esta iniciativa duró poco tiempo, reflejó su compromiso con la formación ética y humanística de las nuevas generaciones.
Últimos años y legado
Después de décadas de trabajo, en 1916 Correa se asoció con el abogado Havre A. Bashan, con quien ejerció la profesión hasta 1935. Ese año decidió retirarse por completo de los negocios legales y dejó el despacho en manos de sus hijos, dedicándose en adelante exclusivamente a escribir, leer y ordenar los vastos materiales que había acumulado a lo largo de su vida.
Su figura permanece como una de las más relevantes de la cultura católica y literaria de Aguascalientes. Fue editor, periodista, poeta, novelista, cronista de una época y defensor incansable de la tradición en tiempos de cambio. Muchas de las voces literarias más importantes de México encontraron en él un guía y un promotor generoso.
Eduardo J. Correa murió en la Ciudad de México el 3 de junio de 1964 a los 90 años de edad, cerrando así una vida dedicada por completo a la palabra escrita, la fe y el servicio cultural.